DESCRIPCIÓN GENERAL

Tangancícuaro es un voz p’orhé [[1]] que tiene aceptados dos significados: el primero, romántico y arriesgado, como “lugar de tres ojos de agua”, aunque otros autores –más certeramente– lo definen como “lugar donde se clavan estacas”. El primero alude a los tres hermosos manantiales que brotan en las cercanías del poblado: Junguarán, Cupátziro y Camécuaro; y el segundo, sin embargo, se refiere a la manera de aprovechar el suelo lacustre original para asentar viviendas y crear sementeras agrícolas para el cultivo, como se hace hasta hoy en día.

Corrección intencionada de la información contenida en la Enciclopedia del los Municipios Michoacanos, con la exclusiva finalidad de deshacer equívocos que circular ampliamente en medios impresos y electrónicos. Realizada por Guillermo Fernández Ruíz, Cronista ad honorem.


Por su preeminencia en el ámbito regional, al pueblo le tocó ser cabecera del municipio y, como tal, le correspondió imponer su nombre propio, aunque en el amplio territorio comarcano municipal se distinguen poblaciones ilustres de su misma o semejante antigüedad: Patamban, Etúcuaro, San José-Ocumicho, Tierras Blancas y Tepacho [ya deshabitado], otras que fueron concentraciones o fundaciones coloniales: Valle de Guadalupe [antes Rinconada de Aviña], Paramo [hoy Dámaso Cárdenas], San Antonio Ocampo [anteriormente nombrado Taramécuaro], Tegüecho, La Guarucha [casi desparecido], Canindo [ahora trasterrado] y Noroto, y otras más que surgieron o se consolidaron en los dos últimos siglos: Guarachanillo, Gómez Farías [antes Puentecillas], Aranza, Francisco J. Múgica, Ruiz Cortinez [antes El Capricho], Sáuz de Guzmán y Los Lobos.

La unidad y sujeción municipal, sin embargo persiste casi entera desde 1831, cuando con todo ese territorio se elevó a Municipio y hasta el presente, porque Tangancícuaro es, en su entorno regional (excepto por la –ahora– ciudad de Zamora), la villa de mayor población y que concentra comercio, vías de comunicación, servicios, producción y el aparato administrativo. 

Por su peculiaridad única de tener la mitad del territorio municipal asentado sobre el valle en el Bajío Zamorano y la otra mitad serrana enclavada hacia la Meseta Tarasca, el carácter regional y comarcano es claramente mestizo: orgulloso al mismo tiempo, de la herencia Criolla que de la profunda y viva raíz Indígena p’orhépecha, y hasta de la Negritud africana de los que fueron traídos acá por la fuerza; y así mismo –diferenciados–, son los pueblos que lo conforman: de coloreadas facciones europeas en Valle de Guadalupe y de ébano y bronce bruñido la tez obscura en Patamban, pasando por todas las tonalidades y armonías de color y de fisonomía.

A lo largo de los siglos de la Colonia y todavía hasta el primer tercio del siglo XX, por su posición estratégica en el paisaje agrológico michoacano y por servir de punto de enlace entre el bajío criollo-ranchero y la meseta indiana, Tangancícuaro se consideró como cruce de caminos: “Encrucijada en la rosa de los vientos”, porque allí se entrelazaron junto con las vías de comunicación y comerciales, los hombres y sus culturas, las ideologías y los sueños, las técnicas y el trabajo productivo, la aspiración y las determinaciones, la realidad y las ilusiones…

Hoy y mirando al nuevo siglo, Tangancícuaro sigue sin embargo, bregando trabajosamente por su prosperidad, afanándose en sus viejos y nuevos quehaceres: agricultura, ganadería, migración laboral, comercio, producción artesanal, silvicultura, servicios, pequeña industria, educación, transporte, cultura, turismo, arte y, sobre todo: cordialidad humana.



[1] Es decir, en lengua p’orhépecha o tarasca, que fue y es la más importante lengua indígena de Michoacán. De ninguna manera “es una palabra de origen ‘chichimeca’”…

 

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